Nacer antes de que se haya completado el periodo de gestación, supone una mayor vulnerabilidad del bebé para enfrentar los futuros embates de la vida.
Los padres suelen experimentar una sensación de culpa, y esta circunstancia particular del nacimiento, hace que miren a su bebé desde sentimientos de angustia, considerandolo, desde el inicio de la vida como un ser en desventaja, al que hay que brindar una protección adicional para siempre, esto puede tener consecuencias a futuro, no deseables: “Sobreprotección”.
Los padres de un bebé prematuro suelen tener la idea que la circunstancia en que se dio el nacimiento de su hijo constituye un factor importante que influirá en su destino, aunque no puedan precisar como, y esta creencia se orienta generalmente a atribuirle una mayor vulnerabilidad física, emocional o con desventajas para enfrentar el futuro.
Cuando se trata de un nacimiento prematuro en forma leve, esta condición no significa más que una diferencia transitoria entre su hijo y los demás.
Es comprensible que los papás experimenten sensaciones de angustias y ansiedades que son normales y esperables, pero resulta muy importante que sepan que los cuidados perinatales que recibirá tempranamente posibilitarán una compensación para el desarrollo y maduración del bebé.
En muchos casos, la condición de prematuro es vivida por los padres como una diferencia cualitativa entre su niño y los otros. Esto produce una diferencia en la mirada que estos dirigen a él, lo cual puede tener implicancias negativas para su futuro, creando hábitos de crianza centrados en la sobreprotección, generando ideas inconscientes de que el niño les ha fallado, pues no era lo que ellos esperaban, o bien que el bebé es la prueba palpable de la inadecuación de uno de los progenitores.

Estas ideas, generadas por el narcisismo herido de los padres o de uno de ellos, pueden terminar siendo más que perjudiciales para el niño, ya que suelen ser las que generen un ser emocionalmente vulnerable y no su condición de prematuro.
Por ello, resulta indispensable la contención de los padres en estas circunstancias. Confiar en la guía del neonatólogo y mantener con el niño el mayor contacto físico y emocional que posibilite su cuadro clínico.
Hablar con la pareja sinceramente sobre nuestros miedos y realizar una consulta psicológica orientativa, antes de que surjan problemas manifiestos o a sentirse desbordados por la situación, son lineamientos básicos y elementales.
